Escuela Sabatica

11208838_837885129618294_1199927931_n

Lección 09: para el 30 de mayo de 2015

“Jesús, el gran Maestro”

“Definición de amor: Parábola del buen samaritano – Segunda parte”

Jueves 28 de mayo

“Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?” (Luc. 10:29).
Como experto en la ley judía, el doctor de la ley debe haber sabido la respuesta a su pregunta. Levítico 19:18, donde se expresa el segundo gran mandamiento, define “prójimo” como “hijos de tu pueblo”. Por ello, en lugar de proveer una respuesta inmediata a la pregunta del doctor de la ley, o de entrar en una disputa teológica con él y los que presenciaban el incidente, Jesús elevó al intérprete y a su audiencia a un plano superior.

Lee Lucas 10:30 al 37. ¿Cuáles son los puntos clave de esta historia, y qué revelan acerca del modo en que hemos de tratar a otros?

Nota que Jesús dijo que “un hombre” (vers. 30) cayó en manos de ladrones. ¿Por qué no identificó Jesús la raza o condición del hombre? Dado el propósito de la historia, ¿por qué eso era importante?
El sacerdote y el levita vieron al hombre herido pero pasaron de largo. Cualquiera haya sido la razón para no ayudarlo, para nosotros la pregunta es: ¿qué es la verdadera religión, y cómo debemos expresarla? (Deut. 10:12, 13; Miq. 6:8; Sant. 1:27).
El odio y la animosidad marcaban la relación entre judíos y samaritanos y, en el tiempo de Jesús, la enemistad entre ambos solo había empeorado (Luc. 9:51-54; Juan 4:9). Por ello, al hacer del samaritano el “héroe” de la historia, Jesús demostró su punto, en este caso a los judíos, de una manera más fuerte que si lo hubiera hecho de otro modo.
Jesús describió el ministerio del samaritano con gran detalle: se compadeció, se acercó, le vendó las heridas, echó sobre ellas aceite y vino, lo llevó a la posada, pagó por adelantado por su estadía y prometió pagar cualquier adicional en su camino de regreso. Todas estas partes del ministerio del samaritano juntas definen lo ilimitado que es el amor verdadero. A su vez, el hecho de que todas estas cosas hechas a un hombre que, posiblemente, fuera un judío revela que el verdadero amor no conoce fronteras.

El sacerdote y el levita se preguntaron: ¿Qué sucedería si me detengo y ayudo a este hombre? El samaritano se preguntó: ¿Qué le sucederá a este hombre si no le ayudo? ¿Cuál es la diferencia entre ambas preguntas?

 

Comentario Elena G. White

Mediante esa parábola se estableció para siempre el deber del hombre para con su vecino. Debemos atender todo caso de sufrimiento y considerarnos como los agentes de Dios para aliviar a los necesitados hasta el máximo de nuestras posibilidades. Hemos de ser obreros junto con Dios. Hay quienes manifiestan gran afecto a sus familiares, a sus amigos y favoritos, pero no son considerados y bondadosos con los que necesitan tierna simpatía, los que necesitan bondad y amor.
Con corazones sinceros preguntémonos: ¿Quién es mi prójimo? Nuestros prójimos no son solo nuestros asociados y amigos especiales, no son sencillamente los que pertenecen a nuestra iglesia, o los que piensan como nosotros. Nuestro prójimo es toda la familia humana. Hemos de hacer bien a todos los hombres, especialmente a los que son “de la familia de la fe”. Hemos de demostrar al mundo qué significa cumplir la ley de Dios.
Acércate a tus vecinos, uno por uno, hasta que sus corazones sean entibiados por tu interés y amor abnegados. Simpatiza con ellos, ora por ellos, busca oportunidades para hacerles bien, y en cuanto puedas, reúne a algunos para abrir la Palabra de Dios ante sus mentes entenebrecidas. Vela como quien ha de rendir cuenta de las almas de los hombres, y aprovecha los privilegios que Dios te da de trabajar con él en su viña (Reflejemos a Jesús, p. 221).
Mediante la historia del buen samaritano, Jesús pintó un cuadro de sí mismo y de su misión. El hombre había sido engañado, estropeado, robado y arruinado por Satanás, y abandonado para que pereciese; pero el Salvador se compadeció de nuestra condición desesperada. Dejó su gloria, para venir a redimirnos. Nos halló a punto de morir, y se hizo cargo de nuestro caso. Sanó nuestras heridas. Nos cubrió con su manto de justicia. Nos proveyó un refugio seguro e hizo completa provisión para nosotros a sus propias expensas. Murió para redimirnos. Señalando su propio ejemplo, dice a sus seguidores: “Esto os mando: Que os améis los unos a los otros”. “Como os he amado, que también os améis los unos a los otros”.
La pregunta del doctor de la ley a Jesús había sido: “¿Haciendo qué cosa poseeré la vida eterna? “ Y Jesús, reconociendo el amor a Dios y al hombre como la esencia de la justicia, le había dicho: “Haz esto, y vivirás”. El samaritano había obedecido los dictados de un corazón bondadoso y amante, y con esto había dado pruebas de ser observador de la ley. Cristo le ordenó al doctor de la ley: “Ve, y haz tú lo mismo.” Se espera que los hijos de Dios hagan, y no meramente digan. “El que dice que está en él, debe andar como él anduvo”.
La lección no se necesita menos hoy en el mundo que cuando salió de los labios de Jesús. El egoísmo y la fría formalidad casi han extinguido el fuego del amor y disipado las gracias que podrían hacer fragante el carácter. Muchos de los que profesan su nombre han perdido de vista el hecho de que los cristianos deben representar a Cristo. A menos que practiquemos el sacrificio personal para bien de otros, en el círculo familiar, en el vecindario, en la iglesia, y en dondequiera que podamos, cualquiera sea nuestra profesión, no somos cristianos (El Deseado de todas las gentes, pp. 464, 465).


Lo nuevo

¿Qué oyes? ¿Dónde estás?