Escuela Sabatica

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Lección 09: para el 30 de mayo de 2015

“Jesús, el gran Maestro”

“Definición de amor: Parábola del buen samaritano – Primera parte”

Miércoles 27 de mayo

De los cuatro evangelios, solo Lucas registra las parábolas del hijo pródigo y del buen samaritano (Luc. 10:25-37). La primera ilustra la dimensión vertical del amor, el extraordinario amor del Padre hacia los pecadores. La segunda muestra la dimensión horizontal: la clase de amor que debería caracterizar la vida humana, rehusando reconocer cualquier barrera entre los humanos pero viviendo, en cambio, dentro de la definición de Jesús de un “prójimo”: que todos los seres humanos son hijos de Dios, y merecen ser amados y tratados con igualdad.

Lee Lucas 10:25 al 28, y reflexiona sobre las dos preguntas centrales que plantea. ¿Cómo se relaciona cada pregunta con las preocupaciones principales de la fe y la vida cristianas?

1.“Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna? (vers. 25). Nota que el intérprete de la ley buscaba una manera de heredar la vida eterna. Ser salvo del pecado y entrar al Reino de Dios son las aspiraciones más nobles que podemos tener, pero el intérprete de la ley, como tantos otros, había crecido con el concepto falso de que la vida eterna es algo que podemos ganar con buenas obras. Evidentemente, él no tenía conocimiento de que “la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rom. 6:23).

2.“¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?” (vers. 26). Durante el tiempo de Jesús, era costumbre de los judíos prominentes, tales como este intérprete de la ley, llevar atada a su muñeca una filacteria. Esta era un pequeño estuche que tenía escrita alguna gran porción de la Torá, incluyendo la que respondería la pregunta de Jesús. Jesús dirigió al doctor de la ley a lo que está escrito en Deuteronomio (6:5) y en Levítico (19:18), exactamente lo que él podría haber estado llevando en su filacteria. Él podía tener la respuesta a su pregunta en su muñeca, pero no en su corazón. Jesús lo dirigió a una gran verdad: la vida eterna no es un asunto de guardar reglas, sino que demanda amar a Dios en forma absoluta y sin reservas, y como también amar, de igual modo, a toda la creación de Dios: “el prójimo”, para ser preciso. Sin embargo, ya sea por ignorancia o por arrogancia, el doctor continuó el diálogo con otra pregunta: “¿Quién es mi prójimo?”

¿Qué evidencia externa revela que realmente has sido salvado por gracia? Es decir, ¿qué hay en tu vida que muestra que eres justificado por fe?

 

Comentario Elena G. White

El Antiguo Testamento era el libro de texto de Israel. Cuando el intérprete de la ley vino a Cristo con la pregunta: “Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?”… el Salvador dijo: “¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? El respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo” (Lucas 10: 25-28)…
Si no hubiera otro pasaje en la Biblia, éste tiene suficiente luz, conocimiento y seguridad para cada alma. El intérprete de la ley había contestado su propia pregunta, pero deseando justificarse dijo a Jesús: “¿Quién es mi prójimo?” (versículo 29). Entonces, por medio de la parábola del buen samaritano, Cristo mostró quién es nuestro prójimo, y nos dio un ejemplo del amor que deberíamos manifestar hacia los que sufren y están necesitados. El sacerdote y el levita, cuyo deber era ministrar en favor de las necesidades del extranjero, pasaron de largo.
Al final de la narración, Cristo pregunta al intérprete de la ley: “¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? Él dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo” (versículos 36, 37).
En la Palabra de Dios… hay lecciones prácticas. Esa Palabra enseña principios vivos, santos, que impulsaron a los hombres a hacer a otros lo que ellos querían que los otros hicieran con ellos; principios que han de introducir en su vida diaria aquí y que han de llevar con ellos a la escuela superior (Alza tus ojos, p. 213).
La ley divina requiere que amemos a Dios en forma suprema, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Sin el ejercicio de este amor, la más elevada profesión de fe es mera hipocresía. El adorador de Dios descubrirá que no puede atesorar ni una fibra de la raíz del egoísmo. No puede cumplir sus deberes hacia Dios y oprimir a sus semejantes. El segundo principio es semejante al primero: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. “Haz esto, y vivirás”. Estas son las palabras de Jesucristo de las cuales no puede apartarse ningún hombre, mujer o joven que sea verdadero cristiano. Es la obediencia a los principios de los mandamientos de Dios lo que modela el carácter de acuerdo con la similitud divina.
Dejar a un vecino sufriente sin atender a sus necesidades, equivale a abrir una brecha en la ley de Dios… El que ama a Dios no solamente amará a sus semejantes, sino que considerará con tierna compasión las criaturas que Dios ha hecho. Cuando el Espíritu de Dios está en el hombre, induce a prestar alivio en lugar de producir sufrimiento… Debemos cuidar cada caso de sufrimiento, y considerarnos instrumentos de Dios para aliviar al necesitado hasta donde nos lo permita nuestra habilidad. Debemos ser colaboradores de Dios… Interroguémonos con corazón fervoroso: “¿Quién es mi prójimo?” Nuestro prójimo no es meramente nuestro vecino o nuestro amigo particular; no son sencillamente los que pertenecen a nuestra iglesia y piensan como nosotros. Nuestro prójimo es toda la familia humana (Hijos e hijas de Dios, p. 54).


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